martes, 21 de abril de 2009

!Basta ya!: el contínuo milagro

Tras digerir una cena pesada, me enfrento a esta nueva entrada, sin saber exactamente que derroteros tomará lo que abajo un servidor desarrollará. Muchos son los pensamientos que me ha suscitado la enésima remontada, ese canto a la épica que el Real Madrid ha tomado por bandera, ese clavo ardiendo con el que consigue tapar muchas, muchísimas, de las carencias que un equipo agonizante y agotado pasea por todos los campos de fútbol.

Cuando la calidad no es un don, los ganadores hacen uso de la casta, del pundonor y de un esfuerzo sobrehumano que te hace ascender a ese milagro continuo en el que el Madrid lleva anclado tres años. La roja que tanto enamora en la actualidad con esa medular de pequeños hijos pródigos que tiran paredes en pleno campo minado para perforar la meta rival y ser el orgullo patrio, tuvo un tiempo cuyo apelativo, esa furia indomable, le hizo ser conocida a nivel mundial, con hombres como Camacho o Gordillo, que entre cabalgada y cabalgada, en ese ir y venir loco, en ese correcalles perpetuo, consiguió abrir una época con más ruido que nombre. Ese tesón hecho virtud, tiene su Cul Laude en la figura del malogrado Juan Gómez “Juanito”, un hombre hecho leyenda gracias a una fe inquebrantable, que pese a ese accidente mortal, sigue aún, difuminada en esa fábrica de los sueños que es el Bernabéu, escenario de tantos canguelos, de ese chorreo de miedo escénico que forjó una época, una leyenda que en ocasiones, hace acto de presencia ante los parroquianos que están agotando con sus rezos el cupo de milagros y remontadas épicas.

La euforia no puede silenciar la evidencia. Esas remontadas milagrosas que tanto envalentonan a aficionados, que hacen que un estadio ruja cuando la desidia habría hecho acto de presencia, que llena páginas de periódicos y horas de radio y televisión, y hace que el día posterior al partido un buen número de chavales vaya al colegio luciendo con orgullo el escudo de sus amores en el pecho, no es más que el fruto de un equipo campeón huérfano de jugadores de calidad. Un cementerio de elefantes que es la triste realidad que encierra la heroicidad de un Pipa de Oro, que con sus goles no deja de obrar imposibles. Tres temporadas repletas de resultados imposibles, de vuelcos inverosímiles que parecieron tener su punto álgido en la Liga de Capello, con ese final de temporada no apto para cardiacos, con ese partido azorado ante el Espanyol en el que Higuaín establecía en el descuento un 4-3 que empezó a darle sentido al “Juntos Podemos”; a esa última cabalgada de Roberto Carlos en Huelva para sobre la bocina, exhalar su último aliento al club que tanto dio y tanto le dio. A ese amago de vuelta de honor con la que Calderón se retrató tras ese minuto mágico, en el que dos profesionales del gol, tan parecidos y diferentes, se aunaron para terminar matando a su máximo rival, en esos 17 segundos mágicos que separaron el Tamudazo del gol in extremis del gran Ruud; y por último, a la última remontada de la temporada con un actor secundario que por un día soñó con ganar un óscar, y que con sus goles, certificaba una remontada imposible ante un Mallorca que vio como el título trigésimo llegaba a las arcas, que de la manera por la que llegó, por lo inesperado, ya que no se le esperaba, dejó un poso de belleza que silenció el atronador grito que demandaba la situación.

Tras un año de descanso ante el abatimiento y la decadencia de un Barcelona que demostró no tener el orgullo de su máximo rival, ese pundonor que pese a no jugar a nada, le hace aferrarse a cada minuto, luchar cada balón como si fuera el último, luchar cuando otros sólo ven una derrota. Un Barcelona que con su apatía, con la decadencia de hombres como Ronaldinho o Deco, hizo que el debut de Schuster aparcara ese plus y esa estola misericordiosa, que vio como de nuevo, contra pronóstico y contra natura, le hacía ganar un nuevo título, en esa segunda parte de ensueño, donde de nuevo un guión se escribió para ser cambiado en las postrimerías del mismo; Un Madrid con nueve, remontaba y asestaba una cornada mortal a un Valencia que se vio sorprendido y sintió en sus carnes como un tranvía llamado deseo le arrollaba y le hacía perder una SuperCopa a la que ya le estaban serigrafiando su nombre.




Y ahora que las etapas pirenaicas tomarán el rumbo de la Liga, el Madrid vuelve a aferrarse a ese estado de continuo ensueño, en el que tan cómodo se siente y que tanto ansía. Ese primer milagro se ha producido esta noche, ante el Getafe, en ese partido roto que con ese derechazo teledirigido de ese semiDios que es Higuaín ha empezado a escribir su leyenda, ese eterno milagro que amenaza y espera agazapado al mejor Barcelona de la historia, que pese a esa abrumadora superioridad perpetua con la que está apabullando este año, se acuesta a tres puntos, sintiendo en su cogote, un aliento que por la cercanía en el tiempo, le hace volver a acordarse de ese Tamudo, de ese Sobis, de esos ladrones de esperanzas que ya hicieron volar un título que tenían ganado dos años atrás.
Ya lo decía el gran Calderón, no Don Ramón, sino De la Barca, en ese monólogo de Segismundo:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Los sueños, sueños son, y un club como el Madrid, no puede vivir en una eterna fábula. No se puede engañar a sí mismo con la casta de un grupo de profesionales del balón, que son el orgullo de una masa social que debe de reconocer el sacrificio, el derroche, el amor por la camiseta con el que hacen acopio cada domingo. Un grupo humano que se deja hasta la última gota de sudor, que se exprime cuando otros claudicarían. Que pese a pucherazos en Asambleas, pese a cambios continuos de entrenadores y bailes de presidentes, ante la continua inestabilidad e incertidumbre que le rodea, sigue dando la cara, peleándole al Barcelona un título, que de no ser por esa valentía que roza la osadía, llevaría ya mucho tiempo en Camp Barça
La altura de un árbol no debe impedir poder contemplar la belleza de todo un bosque. Un club como el Real Madrid no se puede jugar una de sus siete vidas en ese cara o cruz que es esta liga con los Drenthe, Marcelo, Javi García… jugadores aprovechables pero sólo como peones de un ejército de primeras espadas y no como gladiadores en el circo romano que es el Madrid actual, un club carente de hombres y nombres, que le hace lucir sus miserias por Europa. Un equipo que da para andar por casa, pero que cuando cruza los Alpes, se autorretrata, ante la falta de jugadores competitivos que suplica un Casillas, que pese a quién pese, y caiga quien caiga, debe ser ya el capitán de un club que necesita una remodelación profunda, desde su más alta esfera, hasta el terreno de juego, pasando por un servicio médico que debe responder ante la plaga de lesiones, haciendo también parada en una directiva que hizo el ridículo con la EuroChapuza de Lass y Huntelaar. Un Club que fue grandioso y rezumaba esplendor, y que en la actualidad no es siquiera, una caricatura, una broma pesada que hace que cualquier tiempo pasado fuera mejor

Ese aferrarse a un milagro continuo, a ese gol imposible, hace que el Madrid actual sea un club vulgar que roza la locura, que le hace ir al límite y a veces cruzar esa delgada línea que separa al cuerdo del loco, que hace perder la compostura a un Pepe que demostró que todo buen escribano puede tener un borrón; un paciente psiquiátrico que ni mucho menos puede justificar lo realizado por el sucesor de Hierro, que debe, debiera y sufrirá un castigo ejemplar por ese ataque de locura que le hace el estar continuamente colindando y haciendo malabares sobre el precipicio, sobre esa ruleta rusa en la que el Madrid tan bien se desenvuelve, pero que un día no muy lejano, le hará suicidarse, confundir la bala de un revolver, que hará que por una vez el tiro salga por la culata, y la gloria de los títulos se escape, y tan sólo quede la miseria de un grupo de jugadores con orgullo, pero sin calidad para cotas de altos vuelo. Una institución, que aún contradiciéndome de una entrada anterior de este blog (El Señor de los Anillos), puede que necesite la vuelta de un Florentino Pérez, ese ser superior, que parece ser el único capacitado para instaurar la paz, para hacer que los mejores vistan de blanco y recuperar toda la gloria que se desangra sin remedio en un enfermo terminal que espera el estocazo de la muerte con la dignidad de los campeones



"Era tan rico que sólo tenía dinero"

jueves, 2 de abril de 2009

La psique del deportista

Una de esas mentes brillantes llamadas a adoctrinar a generaciones futuras y crear escuela, dejó patente allá por el siglo II a.C una de esas verdades universales que parecen ocultarse bajo lo mundano: dadme un punto de apoyo y moveré el mundo. Una vulgar frase que parece perder valor a medida que el consumismo nos devora con su voracidad, cuando todo lo ajeno es valioso y lo propio se devalúa ante las envidias del compañero de turno, ante ese mano a mano en el que siempre creemos perder el pulso; ante la ignorancia de que cada uno de nosotros somos poseedores del mayor bien posible, de la mejor herramienta de la que servirnos, del arma más letal con el que derribar muros y esquivar ataques, de esa mente y ese cuerpo que no es más que un fiel esclavo al servicio de la sabia maquinaria que le rige y le hace crecerse, cuán sombra en una tarde de verano. Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño, cuando una persona quiere, puede; porque nada es imposible ni hay metas insalvables cuando uno se deja todo lo que tiene en el intento.

El deporte, una de las artes más perfectas con la que la especie humana consigue aunar las virtudes de su condición (esfuerzo, sacrificio, superación, compañerismo…) no es más que la evidencia que confirma la regla anteriormente expuesta. La vida de la alta competición es dura; se necesitan muchas tardes de gloria para llegar a la cima y tan sólo una errónea para caer en el ostracismo con el que el silencio caya a la gloria. Los mejores años de una vida puestas al servicio de cumplir ese ansiado sueño, esa posibilidad que hace que la vida sea interesante. Toda una vida de retos superados y nuevas contiendas en un Horizonte, todo tan feroz, todo tan reñido, que cuando uno llega a lo alto, cuando cruza esa meta, se da cuenta que la competencia es larga y al final sólo compites contra ti mismo.

Y es que la diversidad entre los semejantes es lo que nos hace grandes, los que nos diferencia, lo que le da sentido al sacrificio competitivo. No todos los cuerpos reaccionan igual ante el miedo; no todo músculo se moldea igual ante los largos entrenos, no toda la energía aguanta en la reserva a la espera de una temida pájara. Se puede seguir un mismo modo de entreno, compartir enseñanzas y aunar esfuerzos, pero a la hora de la verdad, cada persona es un mundo que se enfrenta ante los demás y ante sí mismo, ante sus miedos que atenazan sus esperanzas, que le hacen dudar, perder ese segundo valioso que distingue al vencedor del resto, a la gloria del anonimato, al éxito del olvido. Toda una vida luchando por estar el día D, a la hora H, en el momento M, para darse cuenta de que lo que te hace ganar no se entrena, no se compra, no se consigue del exterior. Y es que es en esos momentos de exigencia extrema, cuando la propia capacidad de aguantar la presión, de templar nervios para poder regalarle al mundo lo que tanto has entrenado, para lo que tanto te has preparado, es cuando se traza esa línea invisible que hace verter tantas lágrimas, que destruye sueños y derriba unos castillos construidos sobre largas horas de fina arena, y es que no hay más perdedor que el que se considera como tal.

A lo largo de la historia, muchos han sido los ejemplos que han tambaleado la lógica y han sorprendido al mundo. Ejemplos de oportunismo, que gracias a la fortaleza construida a modo de trinchera en su psique interna, han conseguida cambiar la cruel evidencia de la lógica. Y es que el futuro está escrito para poder ser cambiado.


El ciclismo es un claro exponente de esos héroes que han derrotado al Golliat que es la propia mente. Lance Armstrong, un corredor entre tantos, no sólo consiguió ascender la mejor cumbre de su vida al ganarle la batalla a un duro cáncer, sino que encontró en las duras sesiones de quimioterapia el mejor estimulante para abrirse los ojos y hacer que en cada pedalada pusiera toda su rabia, toda su entrega, para pedal a pedal conseguir unos de los hitos de más calado de la historia moderna del deporte a modo de siete Tours consecutivos ganados.
Pero no es el único que aflora en el duro deporte de la bici. Sin necesidad de cruzar el charco, encontramos en Óscar Pereiro el claro ejemplo de que cuando la mente quiere no hay imposibles que nos frenen. Un gregario convertido por el azar de una escapada primeriza en Rey por un día, que supo agarrarse al ardiente asfalto francés, que superó sus complejos y soñó con acompañar a los mejores en las cumbres pirenaicas, que desafió al viento que tantas veces le daba de cara en la lucha contra el crono y que le hacía perder minutadas, para imponerse en tres semanas donde se demostró que cuando la exigencia es máxima uno da lo mejor que tiene, y le hace poder entrar a París vestido de amarillo, al igual que le ocurriera a otro de los nuestros; a Sastre, un hombre curtido en mil batallas, un eterno aspirante que supo coger el guante tendido con el que el destino le hacía un guiño a tantos y tantos intentos fallidos, a tantas frustraciones vividas, a tantos pódiums rozados, en plena madurez de su carrera, cuando ya nadie le esperaba.

El fútbol es otra cuna de mitos forjados a base de sorpresa. Ese 12-1 de España en el antiguo Benito Villamarín no hubiera sido posible sin la creencia de que se podía. Quién no quiere ganar ya ha perdido, y esa furia española de la que tanto hemos hecho acopio, se forjó en noches como esa, donde cualquier equipo hubiera bajado los brazos y se hubiera rendido a su destino. O también a esa Eurocopa en nuestro lateral peninsular, en esa vecina Portugal que se sorprendió ante el orgullo de un pueblo griego, que se adueñó y se hizo exponente de una de esas cuñas publicitarias que reflejan la superación humana: Imposible is nothing. Nunca antes habían ganado un partido oficial en una alta competición, y en aquel inolvidable verano portugués consiguieron derribar al rival que es a veces la historia, y partido a partido, un grupo sin grandes nombres pero con grandes hombres, encontró en Otto Rehhagel a un inesperado director de orquesta, en la que percusionistas como Nikopolidis, Karagounis, o Seitaridis se sintieron sinfonistas por tres semanas y tocaron la mejor de las partituras, ese We are the Champions que encumbra a los ganadores y que les hace coquetear con el Olimpo de los Dioses.

En la actual eclosión de Verdasco, su psique, su fortaleza mental, está siendo clave en el renacer de una estrella eterna que parecía estancada. Cuando gana, expande su mano abierta y con los ojos inyectados en sangre se dice a sí mismo que por fin consiguió derribar la barrera de la eterna duda que le acompañaba. Un Fernando Verdasco que fue el patito feo en la final de la Davis en Mar del Plata, en la que una España sin la máxima figura del panorama actual del deporte de la raqueta, tomó el testigo de bajas ilustres como ya lo hicieran la selección de baloncesto en la final de Tokio en la que perdieron a su icono Gasol y referencia, o una selección de fútbol, que en la pasada Eurocopa se enfrentaron a un equipo teutón sin su máximo goleador, ante un Villa exhausto de perforar porterías rivales. Bajas que hacen ceder el protagonismo al grupo, que en definitiva es quién gana los títulos.
En esa épica final ante Argentina, durante un fin de semana, Feliciano López dejó de mirarse al espejo, dejó de decirse continuamente lo guapo que era, lo rico y famoso, la fortuna con la que le trataba la vida, y se echó sobre sus espaldas una responsabilidad de la que ha renegado toda su vida para sorprenderse a sí mismo, y para hacerle ver que si quiere está llamado a marcar diferencias, que es tan buen jugador como apuesto galán

El mayor enemigo de uno mismo son sus propios miedos; ese freno que te impide poder desplegar todo tu potencial, que te coarta y te minimiza, ante tus dudas, ante el fracaso, ante el olvido en el que tantos genios han caído por no saber imponerse al más fiero de sus rivales, a uno mismo. Y es que sólo una cosa hace que un sueño sea imposible: el miedo a fracasar

martes, 17 de marzo de 2009

CASILLAS: Dr Jekyll and Mr Hyde

Tras 25 años como profesional, 11 de ellos en la más alta élite; tras conseguir un palmarés digno de alabanza donde se acumulan 6 Ligas, 3 Supercopas y 2 Copas del Rey, donde hay lugar para dos galardones tan reseñables como lo son sus 2 Zamoras, y haber portado con orgullo 7 veces la elástica de la selección española, Paco Buyo será y es recordado sobre todo por esa interpretación de tan alta plasticidad y calidad artística en la que volaba sobre un Bernabéu enardecido en pleno auge de un derby madrileño, cayendo sobre la figura de Futre en aquel comentadísimo Diciembre del 88. Lástima la fragilidad de una memoria, que castiga con excesiva dureza sus coqueteos con el paso del tiempo y que rellena sus vacios con lo que vende, con lo que prende, con lo que escandaliza y que secunda y minimiza todo lo demás

Esa suerte suprema que es el deporte, donde tan sólo los éxitos personales y colectivos debieran premiarse, se ha visto mancillado en más de una ocasión por deportistas llamados a actores, que ven claquetas donde tan sólo hay oasis, un páramo de divina providencia que los hace interpretar papeles a los que no están llamados y que los marcan por sus deméritos. Es en parte la esencia de la picardía, ese pasito que distingue a los preparados de los audaces, que decantan balanzas y ganan enemigos con la misma fiereza que adeptos.

A lo largo de la historia del deporte, muchos han sido esos bulos que han llenado horas de radio, que se han amontonado en páginas de diarios y han sido el padrenuestro de múltiples comidillas: la mano de Dios de un Maradona que subió a los cielos, la misteriosa brecha del portero chileno Roberto Rojas, la caída del espigado Dida ante el leve roce de un aficionado escocés… Actuaciones dignas de Hollywood y merecedoras de la tan perseguida estatuilla, cazadores cazados por ese severo juez que es la cámara, y que condena al implicado a un halo de duda y trampa que será difícil de olvidar.
¿Vale todo para ganar? ¿Es todo lícito en este cada vez más corrompido y desvirtuado mundo? ¿Es ético y justificable cambiar el agua de los botes de avituallamiento por un elixir para vencer a un mermado contrincante? Está claro que no siempre el fin justifica los medios; no todo vale si para ganar hay que perder algo tan importante como la dignidad.

El pasado sábado, un nuevo suceso copó espacios dominicales. San Mamés, la cuna de la casta, del derroche del esfuerzo, de la virilidad y la batalla fue testigo del desplome de un santo azotado por un demonio tras el éxtasis de la recompensa del gol. Mucho se ha escrito y comentado sobre el derrumbe de Casillas y su posible actuación dramática. Los extremos que parecen ser la tendencia que rige la existencia humana vuelven a ser la doctrina a seguir. No hay margen de error; hay que santificar o sodomizar al bueno de Iker; es una agresión o una vil simulación; el todo o la nada, el recuerdo o el olvido; 10 segundos en la vida de un profesional que no debieran marcar su intachable carrera. Cierto es que Casillas, bajo su planta de galán de cine y esa cara de niño bueno, difícilmente se pueda desplomar por la furia de un Fran Yeste que embistió como un potro desbocado al bueno de Iker. Pero tan cierto es, que dicha embestida existió; la gravedad de dicho percance y su posible ascenso a agresión tan sólo debe estar bajo el punto de vista del colegiado, un Muñiz Fernández que vio como un reincidente en eses menesteres Fran Yeste arrasaba, puños hacía delante a un adversario.
No hay que justificar la sobreactuación, pero tampoco pienso que haya condenar al agredido. Es como, si permítanme la comparación aún a sabiendas de que pueda resultar odiosa, se condena a una mujer violada por pensar que lo iba buscando al arreglarse y ponerse guapa. No nos podemos cegar por la envidia que suscitan los que más alto llegan. El agresor siempre será el infractor, y el agredido tan sólo debe sufrir la reprimenda de ese brazo ejecutor que le atiza y le ataca. Por lo tanto, aquí hay un solo culpable (Yeste) y un agredido (Casillas); para la gravedad y los castigos ya están los comités, que son los que, vídeo en mano, acotan la sentencia. Se ha visto que el ataque se produjo, y se ha visto que dicha agresión no fue digna para recibir tan dudoso honor, por lo que con un partido queda el reo condenado

Los futbolistas, ese espejo en el que se observan y en el que a su amparo, una cada vez más huérfana juventud intenta encontrar ídolos para encontrar metas a sus sueños, deberían ser el reflejo de unos valores que se están perdiendo. Y ahí es donde encontramos la mejor interpretación de un Casillas, que sabe colgar los guantes para disputarle una pachanga a unos niños harapientos a los píes del Machu Picchu, que golea al temido cólera y que pasea su porte y su grandeza por hospitales repletos de niños enfermos que encuentran en su visita la mejor medicina radiactiva que mate sus miedos y sus tempranos sufrimientos. Una persona comprometida y coherente capaz de acallar y silenciar a sus propios ultras ante el ensañamiento ante un rival (Gurpegui eres un yonqui), que aguanta con estoicismo como teléfonos, mecheros o incluso navajas minan su hábitat que es el área chica. Un buen compañero pero mejor aún rival que ha paseado su modesta grandeza. Un grande que no es galáctico, sino de Móstoles




Casillas no es un enfermo bipolar. No debe ser comparado con el Dr Jekyll and Mr Hyde. El capitán de España es una víctima de sí mismo, de esa figura perfecta que se ha orquestado hacia su persona, y que él mismo se ha encargado de avivar gracias a su día a día. Pero Yeste tampoco es un violento sin solución, un agresor que asalta con nocturnidad y alevosía. Si se deben buscar culpables, deberían buscarse entre aquellos que difaman con intereses varios, que piensan sus ataques y se atreven a escribir calificaciones tan graves, estériles y carentes de sentido como las publicadas en la web oficial de un club admirado y señor como es el Athletic de Bilbao: "... después de la triste actuación de Casillas, ese yerno ideal que muchas madres, decían, querían tener y que, además de mentar a alguna, se ha quitado la careta y es que nadie es perfecto por muy seguro que se sienta". Un club que es fiel a su historia y que no puede permitirse el lujo de fallarse, a él y a los muchos seguidores que saben apreciar su grandeza y su mérito somero. Un mito que tiene en sus filas a gente tan capacitada y honesta como Orbaiz, capaz de no buscar remiendos ni campañas en su contra a la derrota del pasado sábado ante un Real Madrid que siempre será juzgado bajo unos cantos de sirena entonados en tiempos de dictadura bajo el epitafio de “Así, así, así gana el Madrid”

Equivocarte es una buena forma de aprender, y a buen seguro que de esta intrahistoria, ambos protagonistas habrán sacado sus propias lecturas; unas lecturas que por momentos han podido desviarse o desvirtuarse por una prensa radical que busca conflictos y polémicas, que se relame ante su presa, que le hinca el diente y le deja morir desangrada a sabiendas de que lo que vende es el morbo y la dureza, y es que el hombre prefiere una mentira brillante a cien grises verdades




"Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra"

martes, 3 de marzo de 2009

El Ocaso de la Liga de las Estrellas

Hace un tiempo, no muy lejano, la publicitada Liga BBVA tomaba el pseudónimo de las estrellas. Los Zidane, Ronaldo, Ronaldinho, Beckham,… se peleaban por copar el ranking de mejor jugador del planeta futbolístico y elegían el escaparate que se le brindaba desde la Península para conseguir tan codiciado galardón. Años de esplendor casi divino que se plasmó en campeonatos abiertos, donde Real Madrid, Barcelona y hasta Valencia ganaban ligas; que vieron como cenicientas novatas se paseaban por Europa y llegaban a alcanzar sus sueños, sueños truncados en un penalti errado por un Riquelme que navegó con maestría el juego de un submarino amarillo que se hizo grande y estuvo a once metros de una merecida final. Años, temporadas, en las que España volvía a dominar en el viejo continente; Sevilla y Valencia pasearon su orgullo de campeón con Uefas de renombre, y Real Madrid (en varias ocasiones) y Barcelona, consiguieron la joya de la corona con un trofeo orejudo que te otorga el honorífico título de mejor club de Europa.












Años de grandeza y esplendor, cimentados en parte por el boom del ladrillo, que enriqueció a los más poderosos y sirvió para hacer nuevos ricos. Época de bienes y vacas gordas que sirvieron para dar relumbrón, para dar empaque a un campeonato errático que años antes miraba con recelo tras los Pirineos, que envidiaba al Milán de Sachi, a los éxitos internacionales que siempre se le negaba a una selección española con más nombre que juego, que vio como el Bayer de Múnich infundía un temor y encabezaba esa lista de cocos que era el enfrentarse a equipos alemanes. Esos complejos, gracias a la próspera economía y a la facilidad con la que se expropiaban terrenos y se vendían nuevas parcelas, hizo que todos los flashes apuntaran a la Liga Española, que todas las cámaras enfocaran a las estrellas que deleitaban a campos atestados de enfervorizados hinchas, que los espectadores desde sus casas pudieran ver a sus equipos en unas televisiones que se volcaban ante la gallina de los huevos de oro, ante el éxito de audiencia que aseguraba ver como los guapos y talentosos jugadores lucían palmito y talento.


Pero hay un axioma que siempre se cumple; todo lo que sube baja, y toda época de vacas gordas se antecede de vacas flacas. La burbuja inmobiliaria que engatusó a propios y extraños terminó explotando, y su crack ha traído y traerá una sombra silenciosa que empieza a cernirse con voraz acritud sobre todos los estamentos de la sociedad. Un daño colateral del que el fútbol no ha podido salir ileso. Es tan típico ver en las noticias como striptease se suceden a modo recaudatorio, cómo jóvenes con familias, sueños e hipotecas se cierran en su vestuario para encontrar una solución a la desesperación de ver como el esfuerzo y el trabajo no encuentra respuesta; cómo clubes, algunos históricos y de alta alcurnia como el Logroñés desaparecen, cómo equipos hacen sentadas, cómo aficionados intentan encontrar la forma de financiar las sueños de los jugadores que entretienen sus tardes de domingo. Un peligro que empieza a despuntar y que amenaza con haces estragos; uno de los primeros grandes que siente el cálido aliento de ese peligro quieto, es el Valencia CF; un club histórico, ganador, con afición y grandes talentos que no encuentra la llave para solucionar la papeleta en la que el anterior presidente les dejó tras maniatar con su juguete a modo de equipo, de jugadores y de entrenadores de quita y pon, al mismo tiempo que jugaba con recalificaciones, con solares y proyectos faraónicos que se desvanecieron como castillos de arena.


Hubo un tiempo en que éramos la nova luminosa del panorama futbolístico, pero desde años atrás, como si de un eclipse se tratara, ese sol del que nos creíamos dueños, se ha visto ocultado tras el poder de una luna creciente llamada Premier, que ha sido elegida por magnates, por jeques y petrodólares para comandar el tiempo de ocio y sus inversiones económicas. Una nueva corriente de aire fresco que ha ventilado a una apolillada Liga británica, que ha servido para cambiar el estilo de la vieja Bretaña. Atrás quedó el mito del pelotazo, de los rechaces y los remates de los fornidos jugadores, la mayoría locales, que militaban y formaban el grueso de una Liga acomplejada por el glamour mediterráneo. Ese coto privado se ha abierto y ahora la Premier, es esa torre de Babel en la que los mejores jugadores del mundo se pelean por copar los equipos punteros, para pelear por la gloria del triunfo, por el éxito que da la fama, el glamour y la grandeza, que ha cambiado la dirección de los flashes, el enfoque de unas cámaras de fotos que captan con gozo la elasticidad y versatilidad de los Cristianos Ronaldo, las bicicletas de Robinho, el liderazgo de Gerrard, los goles de un Fernando Torres que ha encontrado fuera de su casa del Manzanares el escenario perfecto para hacerse mayor de edad, los centros milimétricos de Young, la solidez de hombres como Ferdinand, Terry o Carvhallo que apuntalan equipos ganadores. Una Premier que se ha convertido en una marca comercial atractiva y suculenta, que recibe ofertas y dinero de todo el mundo, que acelera su ritmo cuando el resto del mundo se frena, y que acentúa una herida que amenaza con tardar en cicatrizar.



No podemos obviarlo; los clubes españoles se encuentran sometidos al dominio británico, y el orgullo ibérico se encuentra bajo mínimos. Nos aferramos a la rivalidad histórica Barcelona vs Real Madrid, pero la realidad es que tenemos una Liga mediocre, que se ha desvanecido tras un prometedor arranque. El juego del Pep-team, que por momentos rozó la perfección y que amenazó con marcar una época, se está derrumbando ante la presión que ofrece un Madrid que juega a poco, pero que sabe a lo que juega; que ha encontrado una solidez y una efectividad pese a no contar con esas figuras desequilibrantes que te hacen ser grande de cara al resto del Continente. Una Liga debilitada, que ha visto como la crisis que le azota ha terminado por hacer evidentes las diferencias entre ricos y pobres. Tras los dos grandes del panorama nacional, la clase media, esa burguesía que es la que da el verdadero grado del nivel de una competición, se encuentra cada vez más debilitada. El Sevilla está claramente un peldaño por debajo de ese equipo que despuntó y sorprendió, que encontró el éxito y que empezó a perderlo tras la inesperada marcha del bravo Puerta; el Villarreal intenta encontrar la senda de un éxito, con la misma columna que brilló, pero que ahora es más vieja. Un Atlético de Madrid que es un enfermo bipolar, influenciable por sus éxitos y fracasos que le hace ser tan imprevisible como decepcionante. Un Valencia que ha pasado de soñar por recuperar con Emery el año perdido, pero que ha visto como su crisis institucional y económica, ha terminado por desviar el instinto asesino de hombres como Villa, Silva, o Mata, que necesitarán cambiar de aires para salvar el futuro del club que no encuentra la forma para pagarles y su propio futuro personal. Y en el otro lado de la balanza, una clase baja, que cada vez es más amplia y numerosa, que amenaza a propios y extraños al abismo del descenso y que no sigue un guión al que aferrarse, lo que demuestra la mediocridad del grueso de los equipos.
Cada jornada, la emoción es la nota predominante; se ven grandes goles, se alternan sorpresas, alternativas y remontadas. Un buen juego engañoso que entretiene al espectador que paga y que le hace creer, que lo de la Premier, los jeques y petrodólares son sólo fuegos de artificio.
Pero Europa es la que pone a cada uno en su sitio, y es ahí donde paseamos nuestras miserias. La Ida de los Octavos de Final nos despertaron del letargo en el que nos encontrábamos velados. Cierto es que conseguimos clasificar a nuestros cuatro representantes, pero que menos se puede pedir a una potencia mundial como es la nuestra. Pero Europa no perdona, y los errores se castigan; el todo o nada, la esencia del fútbol, el ser o no ser. Y la realidad no es otra, ya que en caso de heroica, tan sólo una presencia en Cuartos parece segura, si el Barcelona olvida sus nervios y se centra en superar a un Lyon viejo que se centra en el golpeo de Juninho y la pegada de Benzema. La lógica también da sus oportunidades a un Villarreal que es mejor que el Panatinaikos, pero que tendrá que superar el infierno que le espera en Grecia. Pero esa lógica optimista que coloca a dos de los nuestros en la siguiente ronda, también nos dice que el glorioso Atlético, a no ser que le toque ofrecer su mejor versión, está abocado a sufrir la eliminación a manos de un equipo menor como es el actual Oporto, y de un Real Madrid que aspira a sufrir su enésimo fracaso consecutivo en unos Octavos de Final que se le están atragantando y del que corre el riesgo de volver a caer en la tela de araña con la que serán recibidos en un Anfield que a buen seguro que inspirará más temor que un Bernabéu que se ha desacreditado como santuario de los milagros y remontadas. El contrapunto son los equipos ingleses, ya que sus cuatros equipos son claros aspirantes a un pase a unos Cuartos de Final que se pueden convertir en su coto privado. Cierto es que ningún equipo remató sus eliminatorias y que todas se encuentran abiertas, pero al menos han puesto ese plus del que los nuestros han carecido, y han saldado sus enfrentamientos con tres victorias (eso sí, por la mínima) y un empate. Si a este tropezón (que aún no fracaso consumado) se le suma la debacle que se ha sufrido en la Copa de la Uefa en la que no hemos conseguido meter ni a un conjunto español en Octavos, pese a contar con las bazas serias al triunfo final que suponían Sevilla y Valencia, tenemos más que motivos serios para sopesar una crisis que amenaza con su sumisión, y un serio aviso para no dormirnos en los laureles triunfales en el que nos encontrábamos inmersos.



La lectura positiva que hay que buscar, es que los axiomas anteriormente citados, tienen sentidos de ida y vuelta; lo más arriba expuesto también se puede citar en que todo lo que baja sube, y que las vacas gordas volverán a suplantar a las flacas. La riqueza de la Premier no será eterna, y los caprichos de sus inversores se esfumarán tras decepciones. Ya está ocurriendo en el Chelsea, donde su magnate ruso se está cansando de los disgustos y la desacreditación que su capricho le está dando. Si ciclo amenaza con expirar, y su herencia será ardua; un equipo acomodado, viejo y arruinado por costosos fichajes y grandes sueldos de unas estrellas venidas a menos que dificultarán el futuro del club. Liverpool, Manchester City, Manchester United,… todos ellos se basan en fortunas extranjeras que no sienten y no tienen el apego de unos dirigentes fríos que a la mínima de cambio, decidirán cambiar el destino de sus fortunas, encontrarán nuevos caprichos y dejarán a sus juguetes heridos de alto alcance. La gloria es pasajera, el éxito encuentra muchos padres, pero el fracaso es huérfano. Mientras en Inglaterra nadan en la abundancia, aquí no tenemos que desviarnos del camino. Debemos seguir con nuestro producto nacional que por fin ha visto y se ha quitado complejos, que se ve capacitado y ganador; una cantera sólida que emerge en tiempos de crisis ante las vacantes que dejan la falta de fichajes de relumbrón. Ya lo dice el refranero; no hay mal que por bien no venga, ni mal que cien años dure, así que mientras tanto, toca remar y aunar esfuerzos y sacrificios ante un mismo fin, no ceder terreno, no tirar el testigo, ya que quién tropieza y no cae adelanta camino

martes, 24 de febrero de 2009

Falsa Moral

La maquinaria está en marcha; hay que arrestar al ladrón. Déjense de presunción de inocencia, de no ser culpable hasta que se demuestre lo contrario; condenémoslo, difamemos su nombre y luego, ya vendrán los interrogatorios, los dimes y diretes, las rectificaciones…

No es nuevo; el deporte de los deportes, el espíritu de sufrimiento y tenacidad, languidece, agoniza ante la pasividad de unos y el mal hacer de otros. Esa lucha personal contra uno mismo llamada ciclismo, es un enfermo terminal que lleva mucho tiempo esperando la extremaunción. Con el caso Festina se destapó el tarro de las esencias, la caja de pandora que prende más y más en vez de intentar ser apagada. Nadie aúna sus fuerzas para hacer de la mejora algo exponencial. Cada frente, cada organización, quiere evangelizar de manera individual el panorama contra el dopaje para lavar la imagen de la competición que ellos institucionalizan, para intentar empacar a los valientes y cada vez más escasos valientes que se siguen aferrando al sueño de la bicicleta.
El último en salir a la palestra ha sido Alejandro Valverde, uno de los muchos campeones que han crecido bajo la sombra de la duda. Una duda que viene desde diversos colectivos: Francia, Italia… se vuelcan en intentar ponerle el cordel a un gato que no tiene dueño, que aparece y desaparece ante la atónita mirada de los curiosos, que ven como su fe ante este deporte se evapora a modo de decepción. No voy a ser yo quien lance una lanza en nuestro favor. Cierto es que los padres del doping pudieran ser españoles; Eufemio Fuentes, la Operación Puerto, Manolo Sainz… demasiadas incógnitas centradas en la Península, demasiado potencial científico, demasiado talento intelectual al servicio del mal. Esa lacra de trampa y fullería, es una sombra demasiado oscura; se cierne y se agranda a medida que el sujeto se aleja de su foco principal. Demasiados atestados: Heras, Beltrán… leyendas que en sus días de esplendor glorificaron la significación del esfuerzo y que en su ocaso cayeron en el ostracismo del olvido, de la culpa, de la condena.
Quiero que quede claro que no estoy a favor del dopaje, pero quizás, esto no sea más que el resultado del tirano significado que se quiere obtener del deporte. Se ama la épica; las escaladas tortuosas que serpentean entre Pirineos y Alpes, las escapadas de dimensiones heroicas, los cambios de ritmo y las etapas maratonianas tocando el cielo, la nieve, la lluvia y el calor. Tocando el orgullo que cada deportista que a lomos de su bicicleta se encarama a la cima del anonimato; un deporte demasiado duro en el que tan sólo son reconocidos unos pocos. Un pelotón que recorre los mismos kilómetros, que sufre como pocos, que recibe la inesperada visita de pájaras y al tío del mazo que te castiga y te endurece las piernas, que te impide a encadenar una cadencia de pedaleo que te haga no descolgarte del resto de héroes que se doblan y se abren paso entre una multitud cada vez menos popular y más populista que se sigue encaramándose a las altas cumbres para alentar, para aplaudir, para exhalar un último aliento de esperanza.
Todo ese esfuerzo, toda esa búsqueda de espectáculo y heroicidad continua termina pagándose. Los cuerpos, aunque en momentos puntuales en los que se alcanza la perfección, no son máquinas; se pierden con el tiempo, se gastan, se oxidan. Pierden brío y voluntariedad, se alejan de las figuras en ciernes que nacen y se hacen. Demasiado cruel para ser verdad. Toda una vida al servicio de la bicicleta, y cuan efímero es el éxito, la gloria, el beneficio económico. Quizás por eso, cuando la carrera de un ciclista deja de subir pendientes para iniciar la bajada de su ocaso, quizás es en ese momento, cuando se aferre a esa sueño científico que es el dopaje y que termina convirtiéndose en la peor de las pesadillas, el desprestigio, el olvido, la desacreditación a toda una vida de esfuerzo, de dietas milimétricas, de entrenamientos bajo solsticios, inviernos, frío y calor.



Pero no nos engañemos; no nos tapemos heridas con tiritas ni ojos con vendas para no ver. Esta falta de ética no se centra sólo en el deporte de las dos ruedas. Es un problema colectivo de magnitudes desconocidas del que muchos no se atreven a desenmascarar. Es curioso que esa ley contra el dopaje que asfixia a ciclistas, que los trata como delincuentes, que los despierta de su merecido descanso para ser pinchados, analizados, cuestionados… sea tan laxa para otros. Futbolistas, jugadores de baloncesto… terminan sus enfrentamientos y orinan en un bote sin ser puestos bajo el velo de la duda. Ese esfuerzo colectivo que pedía antes para las diferentes organizaciones ciclistas, debe de ser secundado por el colectivo general que es el deporte, para que así no haya ovejas negras ni niños mimados, para que el ciclismo no se convierta en el chivo expiatorio de una lacra cada vez más grande y oscura.



Y luego nuestra falsa moral, el escándalo sensacionalista que vende periódicos y llena espacios televisivos. Puedes doparte y se te pueden conceder segundas oportunidades, pero si una cámara privada te capta fumando marihuana después de llevar toda una vida entrenando para conseguir el mayor hito olímpico, después de tener más que un merecido descanso, tanto físico como emocionalmente, quedas condenado, piden tu cabeza y se inicia la caza de brujas. Phelps es un icono, un ejemplo para la juventud que puede ser tomado como espejo; por eso no debería sucumbir a ese influjo superficial que dan las drogas para rellenar su tiempo libre. Pero no debemos obviar, que ese tiempo libre es merecido, que no compite ni falsea posibles resultados, que ha decidido tomar un tiempo sabático antes de emprender su último desembarco, unas próximas Olimpiadas que quedan cada vez más lejos, ante tanta hipocresía, ante esa doble y falsa moral que se encarga de glorificar y condenar sueños, en triturar mitos vivientes, en crearlos y colocarlos.



Hecha la ley, hecha la trampa. Cuanto esfuerzo en la investigación tirado por la borda, cuanto talento perdido. Los mismos que buscan el antídoto, crean nuevas enfermedades para seguir con el negocio. Lo hacen las empresas de antivirus, lo hacen los científicos deportivos que se empeñan en seguir siendo figuras en ciernes desde el anonimato que da el miedo a la sanción de sus clientes, personas desesperadas que buscan ese plus definitivo que pase desapercibido, que salta los cepos, que esquive las minas.

No pido igualdad de ferocidad, sino igualdad de trato. La unión hace la fuerza, y algunos ya han levantado la voz, a riesgo de exponerse a que la opinión pública encuentre intereses personales en sus declaraciones. El último en exponer su idea, ha sido uno de los iconos mundiales, un Rafa Nadal que se queja del trato vejatorio que sufren, que le hacen sentirse como criminales, por el simple hecho de amar lo que hacen y haber llegado a la cima del esfuerzo y la superación, por ser estrellas de un mundo del deporte que se puede desmoronar y salir del cuento de hadas en el que se encuentra inmerso.
No todos son Nadal; ni cada cuerpo puede ganar exhibiéndose a lo Bolt, ni romper hitos sin precedentes a lo Michael Phelps, ni tener la plasticidad de Jordan… Si no ganas, y además convences, no eres nadie. No se recuerda al segundo, ni mucho menos al grueso de componentes que forman el grupo elegido para la gloria. Es difícil imaginarse lo que una persona, desde su niñez, ha tenido que luchar para asomar la cabeza; muchos han sido los esfuerzos, y muy pocos los reconocimientos. Es por eso, quizás, que la desesperación de ver como remas tanto para morir en la orilla, de ver que pese a haber empleado toda una vida no puedes competir con el nivel de superdotados de la naturaleza que hacen tu esfuerzo baldío, te haga caer en manos ajenas de intereses desleales, en buscar en lo ajeno el elixir de la eterna juventud, lo anti fisiológico de la victoria, la fama y el no caer en el olvido. Quizás, si los altos cargos, si la prensa, si la afición, nos diéramos cuenta que antes va la persona y luego el deportista, si pensáramos en todo momento lo que significa el esfuerzo derramado, los mejores años de una vida, los logros obtenidos en su esplendor, se ahorrarían casos lastimosos como los de Marian Jones, que en su empeño de seguir siendo la más grande, vio mancillada la leyenda que con tanto esfuerzo ella misma formó, y ella misma derrocó; se ahorrarían vidas perdidas a lo Pantani o Chava Jiménez, casos Mariano Puerta, Festina…, y se daría, de una vez por todas, el buen y merecido trato que cada héroe anónimo se ha ganado por su esfuerzo, por los duros entrenamientos en la sombra, por cada canasta, por cada pedalada, por cada gol, por todos esos esfuerzos vertidos que hacen de la especie humana, la mayor, mejor y más ávida de las especies que conviven en la faz de la tierra.



"Quién ama el peligro perecerá en él"

martes, 17 de febrero de 2009

Raul: the legend

La envidia es la religión de los mediocres, y Raúl es venerado como un Dios; una de esas leyendas que se forjan a sí mismo en medio de la nada. Uno de esos personajes amados y odiados a la vez, con tanta ferocidad que es capaz de levantar un debate nacional.

Pocos podían sospechar que el fino y desgarbado delantero que se enfundaba de la mano de su mentor Valdano, la zamarra morada del Real Madrid, estaba comenzando a escribir su propia leyenda. Aquella fría noche de Octubre de 1994 Raúl demostró que el talento literario del que el técnico argentino hace alarde, se acompañaba de una visión premonitoria; una actuación impropia para un adolescente de tan sólo 17 años, un partido esperanzador pese a que la Romareda viera como erraba varias claras oportunidades, y cómo Cedrún y el infortunio, hicieran que ese niño que soñaba con ser hombre, tuviera que contar su primera batalla como derrota.
Víctor, Benito,.. muchos fueron los canteranos que por esa época vieron cumplida la recompensa de los fríos y desangelados entrenamientos de la Ciudad Deportiva; pero desde sus inicios, Raúl llegó para quedarse, para no ser uno más. Justo una semana después de su debut, Raúl saldaría las deudas contraídas en Zaragoza ante los ojos de toda la España futbolística. En un derby contra el Atlético, Raúl quitó las primeras telarañas con un tiro teledirigido hacia la escuadra, y un penalti a su escuálida figura de diminuto adulto, serviría para redondear una gran victoria ante el eterno rival de la capital. Un chaval de nombre castizo y de familia humilde había iniciado su misión, de profesión goleador
Nacía el mito; alguien empezaba a volar sobre el nido del buitre, y qué mejor figura para suceder al intelectual Don Emilio que un hombre de la casa, un icono de la Fábrica, un más que digno sucesor de la elástica blanca. Kopa, Amancio, Santillana, Butragueño,… podían descansar al fin tranquilos, el 7 blanco estaba a buen recaudo

Uno de los mayores defectos que tenemos en nuestro modélico país, es que somos frágiles de memoria. Nadie en Italia osa discutir a figuras casi paternales como Maldini o Del Piero. Un país que olvida su pasado nunca tendrá futuro, y Raúl, esa omnipresente divinidad, engloba pasado, presente y futuro. Con él, el tiempo parece haberse detenido. 16 años dan para mucho; para perderse en el camino, para diluirse en el intento, para perder el rumbo… Pero Raúl no ha perdido ni un segundo de ese preciado tiempo, y se ha empeñado, con una testarudez que a veces rozaba lo enfermizo, en forjar su figura más allá de críticos y detractores. Esa memoria frágil y olvidadiza que se encarga de rellenar los vacios mentales con los que el tiempo nos castiga, se puede olvidar de todo lo que ha dado Raúl en pos del fútbol español. Hablar de Raúl es comentar el penalti al limbo en la Eurocopa ante la vecina Francia, o esos partidos en los que el 7 se perdía en carreras estériles y juego apagado. Pero Raúl no es esa pequeña punta que oculta la magnitud de un iceberg. Raúl es hombre, inteligencia, gol, tesón, un icono al que se deben aferrar los valores en ciernes que se codean en esos terrenos de barro y albero en el que los niños intentan cumplir su sueño y el de sus padres.
Raúl no es brasileño; no es guapo ni sabe regatear; no tiene un tiro poderoso, ni un remate rapaz de cabeza. No es rápido ni un killer, pero es listo como muchos pero sabio como pocos. Ese cúmulo de “defectos” que componen la figura de Raúl, es lo que le ha hecho grande. Raúl es un erudito de su propia persona, un profesional al servicio del balón, que sabe leer sus defectos para magnificar ese cúmulo de virtudes que atesora. Si el esférico tuviera su propio psique, seguro que elegiría a alguien como al 7 blanco para ser domado. Un analista que sabe leer los tempos de los partidos, la psicología de una plantilla; una de esas figuras calladas que nace con un don que le hace ser especial. Raúl nació para ser Raúl, y el fútbol español le estaba esperando
Un hombre callado que siempre se ha mostrado bajo un manto turbio. Un hombre enigmático del que pocos saben lo que piensa, lo que siente, lo que es. Raúl debe sufrir. Cuanto más grande se es, más envidias se suscitan, y Raúl se ha visto atacado desde todos los frentes. Su privacidad ha forjado una trinchera en la que ha tenido que recluirse más de una vez. 309 goles hablan por sí sólo; Di Stéfano ya tiene con quién contar batallitas, o mejor dicho, ya hay alguien que haga que en vez de que Don Alfredo hable, tenga que escuchar.
Liga, Copa, Supercopas, Mundiales, Eurocopas, Champions… Raúl ha metido goles en todos los terrenos, de todas las facturas, de todos los colores, en todas las competiciones, ante todos sus rivales. Ese es su mérito, ese es su don. Una versatilidad que le ha permitido mudar la piel como un camaleón. Nadie como Raúl ha sufrido su bondad; siempre al servicio del grupo, ha visto como la llegada de los galácticos le quitaba protagonismo y le alejaba de su hábitat que es el área rival. Pero pese a ello, Raúl siempre ha aparecido para dejar su impronta, para dejar claro que la gloria explosiva es pasajera, pero que su poso de grandeza ha dejado su impronta a lo largo de los muchos títulos que ha conquistado, junto a unos compañeros que se han ido sucediendo. Figuras mundiales que lo han ganado todo, jóvenes en ciernes con futuro prometedor; extranjeros que ansían conquistar la casa blanca… personas que han encontrado en Raúl a un padre futbolístico, a un domador de vestuarios, a una figura en la que mirarse para intentar crecer.
Raúl no es solo un ratón del área; sus 309 goles no han sido como su último, el segundo que pernoctó en El Molinón. Raúl ha hecho auténticas obras de arte, ha patentado el aguanís, se ha burlado de su amigo Cañizares en la conquista parisina de la Octava, ha realizado cucharas tan suyas y tan propias, ha inventado vaselinas ante los Ablanedos y Albertos de turno, ha demostrado picardía a raudales, ha sabido anticiparse a errores y descoordinación de defensas y porteros, que se han visto devorados por el hambre que Raúl siempre ha mostrado bajo su apariencia menuda y enigmática, ha silenciado a campos rivales con su índice sobre sus labios.
Raúl ha dejado de tener rivales; compite contra sí mismo, contra el monstruo que ha creado. El paso de los años que han visto sus tardes de gloria, es ahora uno de sus rivales. En el ocaso de su carrera, aún Raúl no ha dicho su última palabra. Que nadie descarte verlo levantar la Décima, como embajador que es de ese trofeo, la niña de sus ojos y en donde su nombre se encuentra impreso con letras de oro como máximo goleador de la historia de la competición.

El comienzo del final ha hecho su aparición, pero Raúl, ese veterano curtido en tantas batallas que han forjado su alma de guerrero, tiene una última meta, un tufo de soñador empedernido, un deseo que anhela como un colegial. Tiene la espina de la Selección, el club de sus amores. Cómo él no se ha cansado de decir, primero España y luego todo lo demás. Su capitán, ese Ferrari anunciado por Hierro, máximo goleador y 104 entorchados a sus partidos, se quiere despedir por lo alto. El Mundial parece lejano; una temporada y media de debate en la que Raúl tendrá que aguardar con estoicismo la ferocidad de sus ácidos críticos. A esas edades es imposible aventurar a temporada y media, al calor de Sudáfrica. Pero antes, este verano, la roja tiene cita con la historia, el debut en la Copa Confederaciones, una cita, en la que por méritos propios, actuales y personales, Raúl debería estar. Raúl es uno de esos animales que no tropieza dos veces en la misma piedra. Roces internos en el último mundial le han privado de perderse la gloria conquistada este verano en Austria, ese sueño que ha buscado con el mismo ahínco con el que ha perforado metas rivales, con el que ha roto partidos y ganado a adversarios. Ese sabio hecho futbolista sabe que ahora mismo, Villa y Torres están un escalón por encima, pero luego está él, y a buen seguro, que sabrá amoldarse a un grupo humano joven y exitoso, que sabrá que los flashes ya no le apuntan, que ya no es el centro de un carro del que él tantas veces tuvo que tirar. Si Del Bosque reconoce la evidencia, Raúl estará como tercer delantero, y desde el ostracismo que da ser un segunda espada, Raúl será el primero en entonar el Se parece más a ti de Jambao, esa canción talismán con la que la selección encontró el título perdido, la canción que explorará Sudáfrica en las dos próximas citas para la gloria. Raúl dejará de ser solista para unirse a un coro, que le dará su último y tan merecido homenaje. Se lo merece él, se lo debe el fútbol español

Larga vida al Rey Raúl; un mito viviente, la leyenda, el triunfo de la humildad. Un sueño hecho realidad. Por todo y por nada, muchas gracias capitán



jueves, 12 de febrero de 2009

Los chicos no lloran


Las lágrimas de un campeón afloraron en la Rod Lanver de Melbourne, de un genio de la raqueta, de un mortal que no tiene muñecas sino guantes, un misil de alta definición que donde pone el ojo pone la bola.

Ese campeón, ese virtuoso, ese genio que se resigna a su destino, es Roger Federer, y llora de rabia, de impotencia, de desesperación, porque ve que el olimpo de la historia se le resiste, que ese vagón que debe tomar para convertirse en leyenda pasa sin poder tomarlo, ya que siempre que lo intenta se encuentra con un herculiano tenista de Manacor, que tiene tanto talento como sed de victoria.

Cuando nació en Binningen en 1981, nadie sospechaba que un icono en ciernes había tomado acto de presencia. Roger no ha sido un ejemplo de precocidad, tardó en despuntar y tuvo que esperar hasta la edad de 20 años para doctorarse en la catedral de Wimbledon, donde se impuso en un épico cruce de Octavos de Final, al emperador Sampras, que por esa época era el gran dominador; ese encuentro fue el comienzo del final para el americano, y la toma del testigo para el suizo, que encontró en la leyenda ganada a base de raquetazos y Gram Slams de Pete el espejo en el que mirarse, la cota que superar. El 7-6, 5-7, 6-4, 6-7 y 7-5 fue su bautizo tenístico, su consagración, su llegada al Olimpo de los Dioses, un destino que le estaba esperado, pero que le puso a prueba, ya que la derrota en Cuartos de Final ante Hemman frenó una progresión de la que el tiempo era su peor aliado.

Pero Roger había llegado para quedarse y aunque su eclosión llegó tarde, su tiranía ha sido feroz. Despuntó a los 22 con su primer entorchado en la hierba londinense, y desde entonces, Roger ha dejado de competir contra el resto de mortales de la raqueta. En esos 5 años, Federer ha ganado 13 de los 20 grandes, estableciendo un hito sin igual, y demostrándose, a sí mismo y al mundo, que él era su mayor enemigo. Roger creó ese monstruo envuelto en ese aura de majestuosidad, de elegancia y de triunfo. Federer ganaba sin sudar, a base de obras de arte, de drives y de derechas liftadas, de aces y passings shots. Su rival era la historia, la leyenda, el ser el más grande, y la meta eran el 14, el número de grandes conquistados por el hombre que le cedió el testigo en esos Octavos de Final de Wimbledon; esa ha sido la inspiración del gigante suizo, esa ha sido su meta, esa ha sido su frustración.

Los flashes estaban preparados, las placas estaban impresas, los videos al acecho para ver su ascensión definitiva. Pero Roger ha encontrado su criptonita, ese antídoto fiero que cada vez que lo ve le hace tambalearse, le hace sentirse humano, vencible, errático y derrotado. Al igual que pasó con Federer que secó ese manantial de victorias que era Sampras, un hipertrofiado genio español ha llegado para quedarse, para hacer más grande el mito viviente de Federer, ya que la historia del deporte se escribe a base de grandes duelos, de enfrentamientos entre los mejores. Nadal será la clave para la coronación del suizo. En los 13 anteriores, él era su único rival, ya que el resto de tenistas habían claudicado, todos menos la figura nacional que estaba creciendo a base de carreras y bolas imposibles, que había establecido en la central de París ese campo santo magno, su trinchera impenetrable, su santo y seña, su religión. Pero ese Rafa tan nuestro y tan de todos, ese Vamos nacional, ha dejado de revolcarse solo sobre arcilla para degustar el páramo de la tierra londinense, la rugosa pista sintética de las antípodas australianas, el vestirse de oro pekinés.

La historia del deporte se resume en eso, en duelos épicos y en ídolos que hincan la rodilla, que ven en la derrota ante su máximo rival el estimulo ideal para seguir su particular cruzada hacia la superación y la perfección. Al final eso es lo que queda: un Barcelona-Madrid, un Brasil-Argentina, unos Lakers-Boston Celtics, un Karpov-Kasparov, un Ali-Frazier... momentos históricos en los que la perfección se pone al servicio de la estética y la batalla se hace la más hermosa de las guerras. Cada gol, cada pedalada, cada canasta, cada movimiento maestro, son el reflejo más sublime de la perfección de la especie humana.

La historia del tenis acostumbra a duelos de magnitudes indescriptibles; el Federer-Nadal no es más que el testigo de sus antecesores: Connors y McEnroe, Becker y Edberg, Sampras y Agassi,... todos ellos se necesitaron para dar empaque a su esfuerzo, para darle brillo a sus éxitos, para justificar sus derrotas; y es que poco se aprende con la victoria, pero mucho con la derrota.



Hoy Federer llora de amargura; su ánimo ha caído, se ve viejo, mayor, cansado, sólo. El éxito tiene muchos padres pero el fracaso es huérfano. Mira al otro lado de la pista, a la parte alta de los cuadros, y ve a un adolescente, fuerte y moreno, emanar sudor, luchar cada bola, devolver lo imposible, tirarse al suelo y lanzar su sudada cinta del pelo para celebrar un nuevo triunfo. Todos esperaban a Roger en el olimpo, pero todo parece indicar que su puesto presidencial lo ocupará nuestro Rafa, un genio mundial que será recordado por sus logros y por los valores deportivos que refleja. Por eso Federer lloró en Australia, porque vio que una de sus últimas oportunidades se escapaba después de acariciarla durante más de cuatro horas, porque se dio cuenta que tendrá que esperar a que la hierba de Londres le de una nueva oportunidad para llegar a los 14 e igualar a su maestro Pete. Roger llora, esto le está matando; tiene miedo y esa amarga sensación se retroalimenta a sí misma. Uno lucha mientras cree en la victoria, y pese a sus temores, las lágrimas vertidas demuestran que no se ha dado por vencido, que no ha impartido su última lección magistral, que aún le queda una obra de arte con la que cautivar al mundo. Toda esta competencia le hará más fuerte, conseguirá su último gran triunfo, y escribirá con su propia letra uno de los logros más grandes de la historia contemporánea, una historia con fecha de caducidad, ya que detrás, viene un ferrari tan ávido de triunfos que parece que romperá todos los registros. Un zurdo que al igual de Roger en su día, ha venido para quedarse, y que al igual que el coloso suizo, encontrará en sí mismo su máximo rival, ya que cada victoria incluye en sí un nuevo combate, y Rafa de tanto luchar, se convertirá en un gladiador que no entiende de superficies ni de rivales. Un chacal que ha empezado a morder la historia con voraz hambruna, y que no parará hasta dar alcance a su presa, el sueño de ser el más grande de la historia.


Lo versa una canción; los chicos no lloran, pero Federer está en su derecho; son lágrimas reales, que demuestran grandeza y nos recuerdan, que aún los que lo tienen todo, necesitan más. Un ejemplo de superación, ya que Federer llora lo que ha sabido defenderse como hombre, como leyenda


"La euforia del triunfo se desvanece, pero el orgullo de ser campeón perdura para siempre"

domingo, 1 de febrero de 2009

El Señor de los Anillos


Hubo un tiempo no muy lejano, en el que el mejor equipo del siglo XX dejaba constancia de su honorífico título a base de señorío y buen hacer; hubo un tiempo en el que los mejores jugadores se peleaban por vestir de blanco, por acudir a la Fábrica de la Castellana y hacer rugir a los 87.554 feligreses que con devoción demuestran su fe en el esfuerzo, en el espíritu y el tesón con absoluta puntualidad cada fin de semana. Hubo un tiempo en el que un presidente marcó el devenir de la historia del equipo de fútbol más influyente del mundo, cambiando a su paso la historia del deporte rey. Hubo un tiempo en el que las Copas en blanco y negro se siguieron de otras tres en color tras 32 años de sequía; pero hubo un tiempo en el que todo esto se perdió, la grandeza se difuminó, y el equipo majestuoso y señorial se quedó sin grandeza ni estrellas, sin respeto, sin esos valores que el dinero no puede comprar y que son los más valiosos.
Es difícil citar el germen del problema; Mendoza y Lorenzo Sanz siempre estuvieron perseguidos por un halo de nocturnidad y alevosía, de un toque de forofismo en cubierta que fue capaz de secundar a Octavas y Quintas del Buitre, a chilenas de Hugo Sánchez y a tijeras de McManaman, a aguanises de Raúl y a regates sobre la cal del antecesor del 7 de España.
Es difícil justificar la labor extradeportiva de Don José Ramón Calderón Ramos, el décimo octavo inquilino de la segunda Casa Blanca más cotizada del mundo. En su honor quedarán sus dos ligas de connotaciones opuestas; la de la épica de la remontada y la de la excelencia no tan sublime que trajo un halo disfrazado de superioridad que acabó con un record de puntos y con un paseíllo del eterno rival. También quedará la Supercopa contra el Valencia, que se ajustó a lo que han sido sus dos años y medio de mandato, remar y remar, luchar contra todo y contra todos, jugar en inferioridad numérica hasta alzar los brazos victoriosos. Pero lejos de esos tres títulos, lo que quedará será la dilapidación de una galaxia anclada en su propio ego, un perfume rancio de Channel que terminó marchitando el pasto de Don Santiago. Cerró tres años de sombras calladas con Gravessens y Pablos Garcías, tomando el testigo de un ser superior que cogió su bote salvavidas privado para no hacerse terrenal.
Ese mismo hombre que ha sido el principio del fin del palentino que durante un corto periodo ha cumplido su sueño y lo ha vivido despierto, debido en parte a que los inmensos frentes en los que se vio inmerso le impidieron un momento de relax. Y es que el Real Madrid, como instución y como empresa, como marca y como seña de identidad, es el caramelo más tentador para las altas esferas de la sociedad poderosa de un país. Políticos, empresarios y trovadores que manejan desde las sombras los hilos de un Club que ha pasado a ser una marioneta del negocio, de las recalificaciones y de esos valores ajeno a lo deportivo y que imperan en el actual mundo del deporte.
Hay muchas maneras de ascender una cima, pero tan solo hay una cima. Y es que el fin no justifica los medios, y Ramón Calderón se ha visto devorado con la misma máquina quitamiedos con la que azotaba las asambleas de compromisarios, con la que barrió el tufo de ese ser superior frio y calculador que eclipsó esa nova luminosa que él mismo se había inventado. No voy a ser yo quién justifique los errores de Calderón, que han sido muchos y variados en tan poco tiempo de mandato. Con esa pinta de forajido del Oeste, de mafioso de película italiana, con su versatilidad para recorrerse el mundo para aparecer en la foto, para dar vueltas de honor anticipadas, y sentir como propio un éxito que siempre se le ha negado y que él ansiaba tener. El Real Madrid son Zamora, Di Estefano, Buitres y Zidanes. Un elenco de estrellas, en el que personajes como Nanín o Bárcenas nunca debieron tener cabida, ni mucho menos protagonismo. Un club como el Madrid no puede hacer el ridículo con la normativa invernal de la Champions, ni entrar en disputa con un coloso inglés comandado por un senil Lord-Sir de dudable calidad ética y personal. El mejor club del siglo XX no puede quedar en evidencia intentando fichajes de relumbrón dando palos de ciego, ni se puede arrojar a la desesperada para recibir el No de jugadores menores. El Real Madrid parte con el hándicap de que le sube el precio de los fichajes por el simple hecho de llamar desde las oficinas de Concha Espina, pero ese encarecimiento tiene que compensarse por la gloria y el hambre de las estrellas que siempre han querido y querrán vestir de blanco y seguir agrandando la leyenda defendida por ese ramillete de privilegiados que se han enfundado la elástica blanca, y que la han paseado con dignidad por el mundo.
Ramón Calderón acabó desquiciado; nunca trabajó tranquilo, siempre tuvo una orquesta que tocaba desafinada la partitura para poner en duda la labor del director. Desde su carente de credibiliad victoria en unas elecciones al descubierto, ha sido un hombre puesto en duda. Una duda llegada desde altas estancias y secundada por una prensa corrompida por el poder que unos dan y otros quitan. Y es que a buen seguro, que ese ser superior que dejó el barco, que a buen seguro que retomará este verano como mesías apocalíptico viniendo de la mano con el venerado Zidane, que traerá de nuevo a magos y virtuosos para retomar la galaxia que él trató con dejadez y mimos mal repartidos, ha tenido mucho que ver en esa campaña orquestada y que ha quebrado el titanic que él tanto manifiesta querer. Calderón siempre se lo olía, y buscaba iceberg para evitar la colisión, intentaba dar golpes de timón para evitar su hecatombe, pero al final, ese barco llamado deseo se agrietó y el año ha terminado por inundar el nuevo buque de Boluda
Si saco algo de los acontecimientos que se han sucedido últimamente, es que la política es la madre de todas las batallas, y de que las grandes empresas son la base desgraciadamente de todo con lo que nos vanagloriamos. Los Aznar, Villalongas y Florentinos, son las muestras perfectas de lo que se ha convertido la sociedad actual. Unos magos en ocultarse en caretas para buscar su gloria personal, su prestigio y su dinero, poderoso caballero es ese, que motiva e incentiva a un diario “neutral” a buscar con ahínco una falsa en la Asamblea, que ha terminado por demostrar que detrás de la pompa del Bernabéu, detrás de las cuatro torres que la empresa de Florentino consiguió construir tras su paso por la Casa Blanca, se encontraba un tufo de mentira y soborno, de ultras y pucherazos. Marca lo descubrió porque ocurrió ( no justifico lo hecho por Calderón), pero me surgen dudas al ver si interés inusitado para que el sillón presidencial cambie de inquilino, para que las posaderas de un ser superior vuelvan a posarse en el trono que una vez dejó atrás. Un adelantado para los negocio venido a más, de indudable aptitudes intelectuales muy por encima de la medi y de mejores contactos que agrandó su aureola y status a su paso por Chamartín. Pero ahí los periodistas no jugaron a detectives, no comprobaron fotos ni contratos, no mandaron a sus sabuesos para rastrear el olor a salchicha que cualquier perro callejero hubiera sido capaz de percatar. Me temo el motivo de esa falta de atención, de ese despiste generalizado que hace que la vida de algunos sea un camino de rosas sin espinas, y que en el otro lado del terreno, convierten la existencia de los no eruditos en un campo de minas al estilo Afganistán

Que Dios nos pille confesados, porque más de uno tendrá que pasar por el confesionario. Críticos y detractores; peones, albañiles y arquitectos afanados en destruir a un Imperio. Pero el Real Madrid volverá a reinar: todo lo que no le mata le hace más fuerte

Descanse en paz, Don José Ramón Calderón Ramos


lunes, 15 de diciembre de 2008

Un lío... de camisetas

Ante todo el revuelo que está provocando el partido de mi equipo en la liga, Caja Granada, quiero aprovechar mi blog dentro de la web de Fonsa Motor FS, para aclarar un poco lo sucedido y dar mi modesto punto de vista, ya que se están levantando comentarios suspicaces que pueden hacer aflorar ampollas, y en la web tan brillante que tanto se está currando Joselillo (gracias por el punto de encuentro que nos brindas), no me deja explicarlo como se merece y como quiero
Quiero que quede claro que lo que digo lo hago desde el respeto y con la intención de aportar mi granito de arena, para que entre todos, hacer que la liga de Úbeda, la envidia de los alrededores, siga creciendo.
Me sorprende el revuelo causado. Entre otras cosas, porque no había apenas gente en el pabellón, y muchos han sido los que se han animado a comentar. Ellos pueden comentar lo que vieron, y alguno de ellos lo habrán hecho, pero a buen seguro que muchos de los comentarios escritos han venido por parte de gente que no estuvo presente y que ha escuchado "la historia" por parte de otros.
Pero antes de entrar a detallar lo acontecido en el partido, quiero dar mi opinión respecto al tema camisetas. A raíz de lo sucedido, me he enterado que en la reunión de delegados se aprobó esa medida. Entre esos delegados se encontraba el de mi equipo, Diego, al que aprecio pero no me caso con él, ya que no veo la medida útil. Cierto es que se evitarían problemas asegurándose lo de las dos equipaciones, pero pienso que en ningún momento tendría que ser una imposición, ya que seamos realista, la mayoría de los equipos que disputamos la Liga, lo hacemos por la simple satisfacción que nos da bajar a jugar, y a comernos el ochio (aunque desgraciadamente esto último también nos lo han quitado); si a eso le sumas que la mensualidad de por sí ya es desorbitada, le añadimos que encima se exijan dos equipaciones, un equipo nuevo que se apunte, necesita un presupuesto que da miedo para cualquier patrocinador que se pueda animar en tiempos de crisis a financiar el deporte de la juventud, y de los no tan jóvenes. Pienso que con lo que se paga y se recauda, debería haber un juego de petos en el pabellón, para casos de emergencia
Leo con asombro que el partido empezó con 15 minutos de retraso; yo estaba vestido de corto y por lo tanto no llevaba reloj, pero no fue así. Ambos equipos saltamos al campo a la finalización del anterior ( con exhibición de Cuadros Balselli, que gran equipo). Tras los minutos de calentamiento, el árbitro indicó que así no se podía jugar el partido. El revuelo fue grande y entorno a la mesa, se reunieron ambos equipos. El árbitro dejó clara su postura de que así no se podía jugar, pero ambos equipos llegaron a un acuerdo, que en casos como éste creo que debería prevalecer. Pese a que hay una ley que dice que en casos como éste se da el partido por perdido, el rival (Fincas Barba) demostró tener cordura y señorío en pleno desconcierto. Y es que no disputarse un partido porque ambas camisetas sean azules, deja un poco en evidencia, bajo mi punto de vista la finalidad de nuestra Liga; lejos de poner impedimentos, los delegados del rival (desde aquí, gracias por todo), dejaron claro que el partido se jugara y que el resultado final era el que tenía que prevalecer, sea cual fuera el devenir del mismo, y que si se producía una derrota, la aceptarían como tal. Podrían haberse amparado y decir que se echaba la tan detestada pachanga, pero no fue así, y los valores del deporte prevalecieron, y yo creo que lo que ganó fue eso, el deporte. Así que no fueron 15 los minutos de retraso, ya que tras cinco minutos de diálogo, el partido dio comienzo, dejando bien claro el árbitro que si no distinguía a los equipos suspendía el partido. Lo que llegó a los 15 minutos fueron los petos, y no se pusieron sobre la marcha, ya que ningún equipo se confundió. Aprovechando un saque de banda, se puso fin al esperpento, nos colocamos los petos, y asunto arreglado, el partido se jugó con normalidad, y por fin, Caja Granada estrenó su casillero de victorias
No entro a valorar agravios con otros equipos; se comenta que a Los Pontoneros le han dado un partido por perdido por incomparecencia. Sólo diré que pese a lo que digan, Caja Granada no tiene trato de favor. Sin ir más lejos, yo he sufrido el mismo castigo. El año pasado en Mayo y en plenos exámenes, no fui un domingo a jugar. Me llamaron diciéndome que estábamos 3; tardé cinco minutos en bajar, pero al pasar el tiempo estipulado, nos dieron el partido como no presentado, así que no vean fantasmas donde no los hay
Antes he dicho que no me caso con nadie, y he criticado a mi delegado Diego, pero desde aquí, e intuyendo que esto será leído por parte de los foreros de la Liga, quiero romper una lanza a su favor. Diego es uno de los emblemas del Grupo Deportivo San Miguel, lleva toda la vida trabajando por este proyecto, y no podemos perder la perspectiva y criticar a la gente a la que gracias a ellos, y a otros muchos, podamos disfrutar del grupo deportivo que tenemos. Humildemente, creo que por parte de unos pocos se ha creado una caza de brujas, y en el anonimato que da el foro, la gente se aventura a criticar por criticar. Atacar a Diego, a Calvente, al Malagueño, al Lechero, a Guille... eso está fuera de lugar, ya que un pueblo que olvida su pasado nunca tendrá futuro.
Ya que estoy aprovechando esta entrada a analizar los problemas de la liga, quiero entrar a detallar la polémica con los arbitrajes. No podemos exigirles que no se equivoquen. No olvidemos que es una liga de aficionados, al igual que no se nos puede pedir a nosotros que dejemos de maltratar el balón, que no erramos pases, que no fallemos goles cantados, que un ojo de halcón de el veredicto fidedigno ante las jugadas de moviola... pero cierto es que la actitud de alguno de ellos no es la apropiada. Pitar es muy complicado; yo pité algún partido hace años en la Patera y no se disfruta, pero yo creo que todos debemos aceptar los fallos. Mi ejemplo del buen árbitro son y no se rían, el Malagueño, Aragón y Manolo Cano; se pueden equivocar como el que más, pero siempre desde el respeto; cuando lo hacen es sin ánimo de lucro; nunca tienen un mal gesto, ni una mala cara, ni una amenaza. Ante ellos, la crítica no tiene cabida, ojala que creen escuela
Y en principio esto es todo lo que creía aclarar, espero no haber dejado nada en el tintero y no haber herido la sensibilidad de nadie. Pero ante todo, lo que no tenemos que hacer es perder el sentido común y perder el rumbo; no nos olvidemos que este año, sin ir más lejos, el Racing de Santander jugó en Heliópolis con la equipación del Betis; si ellos lo hacen, creo que nosotros también podemos hacerlo, para intentar hacer de ésta, la Liga de las Estrellas
Un abrazo a todos los foreros; nos vemos en el poli, esperemos que en el bar y con un ochio con chopped de la Mari