Una de esas mentes brillantes llamadas a adoctrinar a generaciones futuras y crear escuela, dejó patente allá por el siglo II a.C una de esas verdades universales que parecen ocultarse bajo lo mundano: dadme un punto de apoyo y moveré el mundo. Una vulgar frase que parece perder valor a medida que el consumismo nos devora con su voracidad, cuando todo lo ajeno es valioso y lo propio se devalúa ante las envidias del compañero de turno, ante ese mano a mano en el que siempre creemos perder el pulso; ante la ignorancia de que cada uno de nosotros somos poseedores del mayor bien posible, de la mejor herramienta de la que servirnos, del arma más letal con el que derribar muros y esquivar ataques, de esa mente y ese cuerpo que no es más que un fiel esclavo al servicio de la sabia maquinaria que le rige y le hace crecerse, cuán sombra en una tarde de verano. Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño, cuando una persona quiere, puede; porque nada es imposible ni hay metas insalvables cuando uno se deja todo lo que tiene en el intento.
El deporte, una de las artes más perfectas con la que la especie humana consigue aunar las virtudes de su condición (esfuerzo, sacrificio, superación, compañerismo…) no es más que la evidencia que confirma la regla anteriormente expuesta. La vida de la alta competición es dura; se necesitan muchas tardes de gloria para llegar a la cima y tan sólo una errónea para caer en el ostracismo con el que el silencio caya a la gloria. Los mejores años de una vida puestas al servicio de cumplir ese ansiado sueño, esa posibilidad que hace que la vida sea interesante. Toda una vida de retos superados y nuevas contiendas en un Horizonte, todo tan feroz, todo tan reñido, que cuando uno llega a lo alto, cuando cruza esa meta, se da cuenta que la competencia es larga y al final sólo compites contra ti mismo.
Y es que la diversidad entre los semejantes es lo que nos hace grandes, los que nos diferencia, lo que le da sentido al sacrificio competitivo. No todos los cuerpos reaccionan igual ante el miedo; no todo músculo se moldea igual ante los largos entrenos, no toda la energía aguanta en la reserva a la espera de una temida pájara. Se puede seguir un mismo modo de entreno, compartir enseñanzas y aunar esfuerzos, pero a la hora de la verdad, cada persona es un mundo que se enfrenta ante los demás y ante sí mismo, ante sus miedos que atenazan sus esperanzas, que le hacen dudar, perder ese segundo valioso que distingue al vencedor del resto, a la gloria del anonimato, al éxito del olvido. Toda una vida luchando por estar el día D, a la hora H, en el momento M, para darse cuenta de que lo que te hace ganar no se entrena, no se compra, no se consigue del exterior. Y es que es en esos momentos de exigencia extrema, cuando la propia capacidad de aguantar la presión, de templar nervios para poder regalarle al mundo lo que tanto has entrenado, para lo que tanto te has preparado, es cuando se traza esa línea invisible que hace verter tantas lágrimas, que destruye sueños y derriba unos castillos construidos sobre largas horas de fina arena, y es que no hay más perdedor que el que se considera como tal.
A lo largo de la historia, muchos han sido los ejemplos que han tambaleado la lógica y han sorprendido al mundo. Ejemplos de oportunismo, que gracias a la fortaleza construida a modo de trinchera en su psique interna, han conseguida cambiar la cruel evidencia de la lógica. Y es que el futuro está escrito para poder ser cambiado.
El deporte, una de las artes más perfectas con la que la especie humana consigue aunar las virtudes de su condición (esfuerzo, sacrificio, superación, compañerismo…) no es más que la evidencia que confirma la regla anteriormente expuesta. La vida de la alta competición es dura; se necesitan muchas tardes de gloria para llegar a la cima y tan sólo una errónea para caer en el ostracismo con el que el silencio caya a la gloria. Los mejores años de una vida puestas al servicio de cumplir ese ansiado sueño, esa posibilidad que hace que la vida sea interesante. Toda una vida de retos superados y nuevas contiendas en un Horizonte, todo tan feroz, todo tan reñido, que cuando uno llega a lo alto, cuando cruza esa meta, se da cuenta que la competencia es larga y al final sólo compites contra ti mismo.
Y es que la diversidad entre los semejantes es lo que nos hace grandes, los que nos diferencia, lo que le da sentido al sacrificio competitivo. No todos los cuerpos reaccionan igual ante el miedo; no todo músculo se moldea igual ante los largos entrenos, no toda la energía aguanta en la reserva a la espera de una temida pájara. Se puede seguir un mismo modo de entreno, compartir enseñanzas y aunar esfuerzos, pero a la hora de la verdad, cada persona es un mundo que se enfrenta ante los demás y ante sí mismo, ante sus miedos que atenazan sus esperanzas, que le hacen dudar, perder ese segundo valioso que distingue al vencedor del resto, a la gloria del anonimato, al éxito del olvido. Toda una vida luchando por estar el día D, a la hora H, en el momento M, para darse cuenta de que lo que te hace ganar no se entrena, no se compra, no se consigue del exterior. Y es que es en esos momentos de exigencia extrema, cuando la propia capacidad de aguantar la presión, de templar nervios para poder regalarle al mundo lo que tanto has entrenado, para lo que tanto te has preparado, es cuando se traza esa línea invisible que hace verter tantas lágrimas, que destruye sueños y derriba unos castillos construidos sobre largas horas de fina arena, y es que no hay más perdedor que el que se considera como tal.
A lo largo de la historia, muchos han sido los ejemplos que han tambaleado la lógica y han sorprendido al mundo. Ejemplos de oportunismo, que gracias a la fortaleza construida a modo de trinchera en su psique interna, han conseguida cambiar la cruel evidencia de la lógica. Y es que el futuro está escrito para poder ser cambiado.

El ciclismo es un claro exponente de esos héroes que han derrotado al Golliat que es la propia mente. Lance Armstrong, un corredor entre tantos, no sólo consiguió ascender la mejor cumbre de su vida al ganarle la batalla a un duro cáncer, sino que encontró en las duras sesiones de quimioterapia el mejor estimulante para abrirse los ojos y hacer que en cada pedalada pusiera toda su rabia, toda su entrega, para pedal a pedal conseguir unos de los hitos de más calado de la historia moderna del deporte a modo de siete Tours consecutivos ganados.
Pero no es el único que aflora en el duro deporte de la bici. Sin necesidad de cruzar el charco, encontramos en Ós

El fútbol es otra cuna de mitos forjados a base de sorpresa. Ese 12-

En la actual eclosión de Verdasco, su psique, su fortaleza mental, está siendo clave en el renacer de una estrella eterna que pa

En esa épica final ante Argentina, durante un fin de semana, Feliciano López dejó de mirarse al espejo, dejó de decirse continuamente lo guapo que era, lo rico y famoso, la fortuna con la que le trataba la vida, y se echó sobre sus espaldas una responsabilidad de la que ha renegado toda su vida para sorprenderse a sí mismo, y para hacerle ver que si quiere está llamado a marcar diferencias, que es tan buen jugador como apuesto galán

El mayor enemigo de uno mismo son sus propios miedos; ese freno que te impide poder desplegar todo tu potencial, que te coarta y te minimiza, ante tus dudas, ante el fracaso, ante el olvido en el que tantos genios han caído por no saber imponerse al más fiero de sus rivales, a uno mismo. Y es que sólo una cosa hace que un sueño sea imposible: el miedo a fracasar